miércoles, 11 de noviembre de 2015

Salta y Pellegrini. Noche tibia, húmeda.
-No sé muy bien qué decirle. -confesé, buscando confianza en la transparencia del hielo.
Los dos pares de ojos escrutaron mi expresión.
-A veces me gustaría tener tu empatia. Pero.. ya es obvio, mandalo a la mierda. -me dijo, más compasivo que anhelante. 
La señora Page sólo se limitó a girar los ojos y hacer una pequeña mueca de "te lo dije" mientras sus finas facciones destacaban bajo la luz dicroica del bar.
Si. Estábamos en un bar, cortando la semana con un Blenders de por medio.
Aligeré un poco el ambiente sacando una obra de Poe robada por Page del Contte, y obligué a Turgon a que leyera "Sueños". Cuando finalizó, ambas festejamos su excelente ritmo narrativo entre risas, y como si nada hubiera pasado, ya a los 10 minutos estábamos contando anécdotas del pequeño y pálido Patricio (quien siempre aparece, tarde o temprano, cuando hay whisky) 

Cuando entré a casa, medio tareareando, medio bailando por el pasillo, la melodía del Hada de Azúcar de Tchaikovski, caí en la cuenta que futurizar tanto no me servía de nada. Me daba pánico. En su lugar, me consolaba tener a estos dos cerca mío. Psicólogos del whisky, escultores del sincericidio. Budas de la palabra justa. Junto a mi último paso y tarareo, llegó la sonrisa.
No me quejaba de nada. La incertidumbre me es un arma de doble filo.




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