- Un pequeño pueblo tenía de invitada a la lluvia esa noche. Las calles estaban desiertas, a excepción de los charcos que las decoraban.
En una modesta casita, vivía un nieto con su abuela. Ya era casi la medianoche y el muchacho aún no se podía dormir, pues los relámpagos centelleaban con fuerza. Daba vueltas en la cama, intranquilo. Fue a tomar agua y volvió a acostarse. Recordó lo que su abuela le decía siempre: que para dormirse hay que contar ovejas. Pero no, eso lo irritó más aún, porque su mente no se centraba en las ovejas ni mucho menos en los números. Y cerró los ojos para volver a intentarlo, pero ahí solo se dibujó la sonrisa de la dulce anciana, lo que lo hizo sonreir también, recordando a su infancia.. Distinguió un hermoso campo verde, lleno de manzanos a los que se trepaba y pasaba tardes jugando en la inmensidad de la calma. Al atardecer no queria volver a casa: había mucho que descubrir. Pero temió que su abuela se preocupara, asi que emprendió camino a casa. Al pasar por cerca del lago, vió un rebaño de ovejas, blancas y suaves como si fueran nubes.. "qué hermosas!" pensó.. Y se sentó en el césped para contarlas a medida que se iban. De repente sintió un tenue cansancio y se recostó. Poco a poco, y mirando el cielo en el que se dibujaban algunas nubes violaceas, cerró sus ojos.. Y sonriendo, se durmió.
lunes, 20 de abril de 2015
Dulce insomnio.
Un rayo en la oscuridad.
Reinaba hace mucho tiempo en una tierra lejana, tan bella
que parecía irreal, un monarca.
Era alto, de poderosos hombros. Poseía una gran fuerza,
destreza y astucia, pero aún así su temple era noble y muy humilde. Franco era
su nombre, tenía los cabellos largos, oscuros y brillantes como azabaches, y
una mirada de brillo calmo.
Su castillo se alzaba en las colinas fértiles, cercanas al
bosque. Allí moraba él junto con sus escuderos, y no existía nadie en el reino
que conociese mejor los caminos y rincones que existían en esas tierras, pues
al Rey le gustaba mucho caminar y observar a los inmensos árboles y animales
que había allí.
Aunque tenía grandes reuniones con invitados ilustres y largas
noches riendo y cantando bajo la luz plateada de la luna, la mayor parte del
tiempo estaba solo, recorriendo el castillo u observando el ocaso en el lago
cristalino próximo al castillo. Recogía mansamente el consejo de los años y las
experiencias, y por tal razón no existían mejores palabras a tener en cuenta de las que él podía
brindar.
Tenía una mente muy grácil, y en su soledad escribía mucho.
De hecho, este era su don más notable, y sus ojos brillaban cuando entonaba sus
líricas.
Pero llegó un tiempo en que las noches se hacían más largas,
y las sombras yacían sobre los grandes
ventanales. Los frondosos árboles abandonaban poco a poco su magnitud, y
lentamente perdían sus hojas. El Rey, afligido al notar este cambio brusco,
pasaba las noches en vela preguntándose que causaría aquello.
Nunca habían caído tantas hojas como aquel otoño, ni nunca
se habría sentido tan desolado el viento que se escurría en las altas salas. Como
un hechizo sigiloso, la nostalgia se fue apoderando también de él, y empezó a
dudar y recordar tragedias superadas hace ya mucho tiempo. Una curiosa y
extraña inseguridad y tristeza parecía ufanarse en él, y así ya no pasaba
jornada en paz. Deambulaba por la noche como un alma en pena, siguiendo el
rastro vano de una respuesta.
Transcurrían los días, y todo parecía ocuparlo un silencio
siniestro. Su fiel escudera no decaía
aún, pero notaba como todo iba marchitándose. Decidió llegar al Rey, y rezar
sus pesares.
-Ah, mi Franco rey! Que fue de este castillo, cuyos días de
gloria brillaban como cristales pálidos a la luz del sol? Ahora no es más que
una fortaleza gris y desolada, tan vulnerable como usted al otoño que lo
atormenta.
El Rey meditó en su trono largo tiempo y en silencio. Se
retiró sin decir palabra, pero en su rostro veíase la más opaca de las
tristezas.
¿Cuándo fue, entonces, que decayó junto a su reino?
Recordó con cuanto esfuerzo había resurgido de entre la pena
de la pobreza y el dolor, y con el pasar de los años pudo sanar sus ganas de
seguir y reconstruyó su alma con humildad y carisma…
En ese momento sintió una fría presencia, una sombra que se
escurría en la habitación en la que se hallaba. La notaba familiar últimamente:
era la sombra de la inseguridad, de la duda, del mal pasar. Esa presencia que
parece tan calma y es a la vez tan avasallante.
Se levantó, así sin más, como el fuego de su espíritu que
nunca alcanzó a recaer, y así fue que entonando unas notas estruendosas como
los fugaces rayos de la tormenta que se desata, el Rey afrontó a la oscuridad
que lo rodeaba.
-¡Si! –clamó- He caído bajo el encantamiento oscuro y
ponzoñoso de la incertidumbre! Pero ya
no. Esto es lo que soy, yo mismo! Los malos recuerdos ya no pueden afectarme.
Tallaron mi espíritu tanto como la soledad, pero he ahí que encuentro el fuego
que alimenta mis fuerzas. En vano es que sigas atormentándome. Llévate a este
otoño insufrible. Mi reino y sus habitantes están bajo la luz y fortaleza de la
humildad y la nobleza, y no hay poder que pueda contra ello. Márchate!
Su escudera oyó estas aclamaciones y acudió con su fiel
heraldo, Iván, a la sala del rey donde se encontraron asombrados con un aura luminosa que emanaba
de él, como si pareciera tener luz propia, y el alcance de la luz menguó hasta
que ya no hubo más rastro de oscuridad.
Los escuderos socorrieron al desvanecido monarca, y aunque
eran jóvenes, eran fuertes de espíritu, y lo reanimaron con suave música, agua
y la brisa de las montañas que entraba suavemente. La joven vió desde el
ventanal como las espesas nubes se corrían y dejaban que la luna brillase otra
vez. No por mucho tiempo, para dar paso al amanecer más esperanzador y
refulgente visto en muchas semanas. El rostro de Iván se iluminó, pues si bien
tenía una naturaleza fría, poseía un alma noble y transparente, y aquella
belleza lo llenó enormemente.
El rey se recuperó lentamente, junto con el castillo y sus
alrededores. Los pájaros entonaban los trinos más melodiosos que jamás pudieron
haberse oído, mientras que los árboles reverdecidos hacían sombra en las
colinas donde las flores silvestres, coloridas y perfumadas alcanzaban su
esplendor.
Una vez más, el cielo volvió a ser azul y brillante, y el
reino volvió a la vida, esa vida que es una batalla constante entre la triste
incertidumbre del pasado y las ganas de seguir.. pero si nos detenemos a
recoger sus enseñanzas, los buenos tiempos nos traerá consuelo, y el
sufrimiento, sabiduría.
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