domingo, 25 de octubre de 2015

Borgoña y Escarlatine.

Estas dos eran un caso especial.
Como chicle en el zapato:tan pegoteadas que rompen los huevos. Les gustaba observar, pero no ser observadas. 
Dos entes de camisas a cuadros, evadiendo todas las multitudes posibles, esa gente hablando de fútbol o sacándose selfies en el bondi. 
Moscas de bar,
reclusas de rincones. Observaban a esa gentecita con la mente mambeada por el exceso de racionalidad, las ojeras profundas, los mentones angulosos y las narices romanas. 
De melenas enmarañadas, ni te cuento. 
Garrapateaban todos esos detalles en sus anotadores pedorros que llevaban siempre consigo, para debatir o escribir algo más en base a eso. 
Les importaba poco la métrica o seguir un estilo poético, la antítesis de todos esos fervientes letrados que se dan el dique tomando café en el Marta de Bianchetti y demás cuevas de burgueses. 
No.
Estas dos, indigentes, rumiaban versos de todos lados mitá en lenguaje técnico, mitá en lunfardo, mientras asaltaban los árboles de moras de la capital chaqueña.
Se reian de Bécquers y de Heráclitos: esos que se tomaban el arte y el pensamiento peor que ciencia exacta: en serio y tan engrupidamente que daban ganas de llamar a Erdosaín para que los defenestre. Ni el dadaísmo les encontraria la gracia a estos neófitos, pero ellas si, ellas reían de ellos y más, mientras compartian un amable tardio ahi en pleno Camba o unos Benson caminando por los suburbios.
D'Arienzo, Ian Curtis, Arlt, la Scarpulla, Ricky y hasta los escrachos de Capitán Fiebre: todos los dulces roñosos tenían espacio en sus corazones, un tanto particulares. Subjetivamente se veían como grises tumularios, pero para la otra siempre le iba a parecer un enchastre de colores en una paleta.
Misántropas, ácidas, más repulsivas que Malbec picado: una con la jeta más pálida que la muerte y la otra con los labios más rojos que sangre de trosko. Y cuando se exiliaban y no se veían por días o semanas, vomitaban todos esos sentimientos en cartas amarillentas que derrochaban tanto existencialismo y dulzura que hasta Joyce temblaría. 
Las manos parasitarias, las facciones finas, la delgadez famélica, la mente poblada de un maremagnum de pensamientos, como un estante lleno de óleos. Se leían la mente, los ojos brillosos en cada alusión, exhalando risas hasta por los poros. 
Si, si, se podía decir que se complementaban demasiado bien. En ocasiones no podían creer que eran dos seres distintos. Un solo cuerpo calloso, separado de golpe por un rayo del cielo.. para reencontrarse un día cualquiera,
en un café,
para no separarse jamás.





era un óleo solitario,
invisible de valores, creyente de nada, infumable,
miserable.
Hasta que entendí que necesitaba un aglutinante, alguien que me haga cambiar,
y pueda complementar yo también.
Te encontré a vos, y supe ahí mismo,
que eramos la fórmula perfecta.

1 comentario:

  1. Te amo con el alma podrida que aveces parece no estar, pero da igual, porque se acuerda que existís vos, tonce... vuelve y se fermenta como una Berlina feliz

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