Estaba en una esquina un muchacho.
Escuálido, pálido
con una botella en su mano.
Sus ojeras tenían tales surcos
que perturbarían a un psiquiatra.
Miraba todo y a la vez nada,
la vibra no lo motivaba.
De no sé donde, apareció una flaca.
A la mortecina luz de los faroles se le veía la piel tan frágil,
que parecía que estaba hecha de papel de calcar.
La temperatura bajó varios grados,
mientras se detenía a mirar al aletargado de la esquina.
Y así hechizante, con voz serena, se le acercó:
"A vos te gustan las botellas,
y a mi me gusta tu sonrisa."
No fueron más de cinco segundos, pero el pálido nunca olvidaría la mirada gris,
fija en él,
helada como el acero.
Miró para todos lados,
más no la pudo encontrar.
No sabía si culpar al vino o al frio: la verdad que ninguna de las dos cosas que más adoraba,
en tanto tiempo
lo habría hecho sonreir.
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