lunes, 17 de agosto de 2015

Los peligros de adentrarse en Tolkien.

Las ramas de los árboles raquíticos asemejan falanges azotadas por los pesares y el pasar de los años. El cielo nublado, nocturno, se dibuja orgulloso en el fondo. Basta poco tiempo para sentirse cubierto por la magnitud de este peculiar dúo: el álamo de ramas famélicas y las nubes cafés dan la impresión de que intentan rodearte con una capa: una capa donde el tiempo parece detenerse. Podría seguir caminando, pero mejor no. La gente no pasa. Los faroles naranjas emanan una luz ciega, porque están cubiertos de niebla. La brisa susurra cosas, capaz quiere que repare más en lo que intenta transmitir. El frío acaricia mi rostro de parafina. Los guantes no bastan. La camisa y el saco que parece burgués post-punk de mierda, tampoco.
Bleh, sólo cierro los ojos y me dejo llevar, cuan Nazgul buscando su posesión. Soy uno más. Soy frio, soy viento, soy una plaza de noche en invierno.
-Qué te pasa?
La pregunta de Emilio fue un zamarreo de la realidad.
-Que se yo boló, me colgué
Me miró extrañado.
-Flashee muy grande con que estaba en el Bosque Viejo.
-Hermana, vos tenés la cabeza muy quemada de tantas paginas, vamos nomás.

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