lunes, 20 de abril de 2015

Un rayo en la oscuridad.

Reinaba hace mucho tiempo en una tierra lejana, tan bella que parecía irreal, un monarca.
Era alto, de poderosos hombros. Poseía una gran fuerza, destreza y astucia, pero aún así su temple era noble y muy humilde. Franco era su nombre, tenía los cabellos largos, oscuros y brillantes como azabaches, y una mirada de brillo calmo.
Su castillo se alzaba en las colinas fértiles, cercanas al bosque. Allí moraba él junto con sus escuderos, y no existía nadie en el reino que conociese mejor los caminos y rincones que existían en esas tierras, pues al Rey le gustaba mucho caminar y observar a los inmensos árboles y animales que había allí.
Aunque tenía grandes reuniones con invitados ilustres y largas noches riendo y cantando bajo la luz plateada de la luna, la mayor parte del tiempo estaba solo, recorriendo el castillo u observando el ocaso en el lago cristalino próximo al castillo. Recogía mansamente el consejo de los años y las experiencias, y por tal razón no existían mejores palabras  a tener en cuenta de las que él podía brindar.
Tenía una mente muy grácil, y en su soledad escribía mucho. De hecho, este era su don más notable, y sus ojos brillaban cuando entonaba sus líricas.
Pero llegó un tiempo en que las noches se hacían más largas, y  las sombras yacían sobre los grandes ventanales. Los frondosos árboles abandonaban poco a poco su magnitud, y lentamente perdían sus hojas. El Rey, afligido al notar este cambio brusco, pasaba las noches en vela preguntándose que causaría aquello.
Nunca habían caído tantas hojas como aquel otoño, ni nunca se habría sentido tan desolado el viento que se escurría en las altas salas. Como un hechizo sigiloso, la nostalgia se fue apoderando también de él, y empezó a dudar y recordar tragedias superadas hace ya mucho tiempo. Una curiosa y extraña inseguridad y tristeza parecía ufanarse en él, y así ya no pasaba jornada en paz. Deambulaba por la noche como un alma en pena, siguiendo el rastro vano de una respuesta.
Transcurrían los días, y todo parecía ocuparlo un silencio siniestro.  Su fiel escudera no decaía aún, pero notaba como todo iba marchitándose. Decidió llegar al Rey, y rezar sus pesares.
-Ah, mi Franco rey! Que fue de este castillo, cuyos días de gloria brillaban como cristales pálidos a la luz del sol? Ahora no es más que una fortaleza gris y desolada, tan vulnerable como usted al otoño que lo atormenta.
El Rey meditó en su trono largo tiempo y en silencio. Se retiró sin decir palabra, pero en su rostro veíase la más opaca de las tristezas.
¿Cuándo fue, entonces, que decayó junto a su reino?
Recordó con cuanto esfuerzo había resurgido de entre la pena de la pobreza y el dolor, y con el pasar de los años pudo sanar sus ganas de seguir y reconstruyó su alma con humildad y carisma…
En ese momento sintió una fría presencia, una sombra que se escurría en la habitación en la que se hallaba. La notaba familiar últimamente: era la sombra de la inseguridad, de la duda, del mal pasar. Esa presencia que parece tan calma y es a la vez tan avasallante.
Se levantó, así sin más, como el fuego de su espíritu que nunca alcanzó a recaer, y así fue que entonando unas notas estruendosas como los fugaces rayos de la tormenta que se desata, el Rey afrontó a la oscuridad que lo rodeaba.
-¡Si! –clamó- He caído bajo el encantamiento oscuro y ponzoñoso  de la incertidumbre! Pero ya no. Esto es lo que soy, yo mismo! Los malos recuerdos ya no pueden afectarme. Tallaron mi espíritu tanto como la soledad, pero he ahí que encuentro el fuego que alimenta mis fuerzas. En vano es que sigas atormentándome. Llévate a este otoño insufrible. Mi reino y sus habitantes están bajo la luz y fortaleza de la humildad y la nobleza, y no hay poder que pueda contra ello. Márchate!
Su escudera oyó estas aclamaciones y acudió con su fiel heraldo, Iván, a la sala del rey donde se encontraron  asombrados con un aura luminosa que emanaba de él, como si pareciera tener luz propia, y el alcance de la luz menguó hasta que ya no hubo más rastro de oscuridad.
Los escuderos socorrieron al desvanecido monarca, y aunque eran jóvenes, eran fuertes de espíritu, y lo reanimaron con suave música, agua y la brisa de las montañas que entraba suavemente. La joven vió desde el ventanal como las espesas nubes se corrían y dejaban que la luna brillase otra vez. No por mucho tiempo, para dar paso al amanecer más esperanzador y refulgente visto en muchas semanas. El rostro de Iván se iluminó, pues si bien tenía una naturaleza fría, poseía un alma noble y transparente, y aquella belleza lo llenó enormemente.
El rey se recuperó lentamente, junto con el castillo y sus alrededores. Los pájaros entonaban los trinos más melodiosos que jamás pudieron haberse oído, mientras que los árboles reverdecidos hacían sombra en las colinas donde las flores silvestres, coloridas y perfumadas alcanzaban su esplendor.

Una vez más, el cielo volvió a ser azul y brillante, y el reino volvió a la vida, esa vida que es una batalla constante entre la triste incertidumbre del pasado y las ganas de seguir.. pero si nos detenemos a recoger sus enseñanzas, los buenos tiempos nos traerá consuelo, y el sufrimiento, sabiduría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario