- Un pequeño pueblo tenía de invitada a la lluvia esa noche. Las calles estaban desiertas, a excepción de los charcos que las decoraban.
En una modesta casita, vivía un nieto con su abuela. Ya era casi la medianoche y el muchacho aún no se podía dormir, pues los relámpagos centelleaban con fuerza. Daba vueltas en la cama, intranquilo. Fue a tomar agua y volvió a acostarse. Recordó lo que su abuela le decía siempre: que para dormirse hay que contar ovejas. Pero no, eso lo irritó más aún, porque su mente no se centraba en las ovejas ni mucho menos en los números. Y cerró los ojos para volver a intentarlo, pero ahí solo se dibujó la sonrisa de la dulce anciana, lo que lo hizo sonreir también, recordando a su infancia.. Distinguió un hermoso campo verde, lleno de manzanos a los que se trepaba y pasaba tardes jugando en la inmensidad de la calma. Al atardecer no queria volver a casa: había mucho que descubrir. Pero temió que su abuela se preocupara, asi que emprendió camino a casa. Al pasar por cerca del lago, vió un rebaño de ovejas, blancas y suaves como si fueran nubes.. "qué hermosas!" pensó.. Y se sentó en el césped para contarlas a medida que se iban. De repente sintió un tenue cansancio y se recostó. Poco a poco, y mirando el cielo en el que se dibujaban algunas nubes violaceas, cerró sus ojos.. Y sonriendo, se durmió.
lunes, 20 de abril de 2015
Dulce insomnio.
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