Cada vez empiezo a desconfiar más de mi glándula pineal. Que carajo tiene que sueño cosas tan bizarras?! No soy de relatar mis sueños, pero este me pareció genial y tan extraño que quisiera dejarlo por acá para ver si en un futuro se me ocurre conectarlo con algo más y crear una historia.
Recuerdo llegar a un pueblo de muy muy pocas casas, modestas pero bonitas, como quintas. Solo había un par de fábricas donde entraba y salía gente. Detrás de la calle por la cual caminaba para entrar, se veía la ruta.
Fui a la casa donde se supone debía alojarme. No conocía a esa señora, ni recuerdo haberla visto nunca, pero me trató muy dulcemente y parecía como si no me veía desde hace mucho tiempo. Tenía una hija en brazos: el cuerpo era de una bebé pero la cara era de una señora de casi 50 o 60 años. Balbuceaba, no sabía hablar y parecía muy molesta.
La madre se disculpó y dijo que la espere un momento. Entretanto salí afuera a ver que había. Nada importante.. unos arbolitos con una pequeña chacra y la calle de tierra.. Y en una canasta en una mesa, había cinco perritos hermosos, muy chiquititos de pelo claro. Me dominó la ternura y tomé a uno en mis manos.
-Estaba durmiendo. -habló la pequeña perrita
-Perdón, solo quería verlos. -dije, y la volví a dejar en la canasta
Aparentemente esto no me sorprendió nada.
No recuerdo como pasé la noche, solo me levanté al otro día, la señora de la casa y su hija estaban afuera, miré a la bebé que me sonrió, por ende le devolví la sonrisa, y fui directo a ver a los perros. Estaban despiertos ya y la perrita con la que había hablado movía la cola y dijo:
-Es la primera vez que sonríe en mucho tiempo, porque la miraste sin desprecio. No te vayas, para que sonria mas seguido.
No dije nada, pero le sonreí nuevamente y me fuí a ver el árbol del patio.
En sus hojas había unas orugas doradas, enormes y brillantes. Me encantaron tanto que puse la mano a su paso para que suban. Entretanto llegó la señora y riendo me dijo:
-Les caés bien. Si dejás que se enrollen en tu dedo, serán hermosos anillos.
Una de ellas se enrolló lentamente en mi índice, y sentir sus patas me dió tanta impresión que sacudí la mano (lo sentí en la vida real, en el sueño no. Es más, hasta sentí como si hubiera caído en mi cama)
Al otro día me levanté muy temprano, demasiado. Apenas empezaba a amanecer y me fui a dar una vuelta. Vi un kiosco vidriado muy completo y bonito, y entré.
El chico que lo atendía era igual a Yamil: blanco, con una melena colorada sedosa, barba, mostacho, y bastante corpulento.
-Que necesitás?
-Tenés vino con coca?
Mi pedido pareció extrañarlo mucho. (analizándolo cuando me desperté me exrañó mucho a mi también) y me miró extrañamente antes de responder:
-Eh.. sssssssi.. Ya te lo preparo.
Sacó un vaso grande de plástico y trajo tres botellas de vino quebradas a los cuales les quedaba poco menos que la mitad, pero sirvió para preparar mi pedido. Tenía un color extraño y hermoso, como helado de agua de uva, pero se veía delicioso.
-Gracias.
-Hasta luego. -se despidió sonriendo-
Me lo iba tomando por la calle como si fuera agua, y cuando llegué a casa, en la puerta estaba una extraña señora, bastante gorda y vestida con una blusa de colores muy psicodélicos. Cabello corto color violeta, anteojos negros, labios de un color fucsia casí lisérgico y piel pálida. Vacilé un minuto antes de saludar:
-Buen día..
Me tomó del hombro repentinamente.
-Me convidás tu pócima? -y señaló el vino-
-Si, por qué no?
Y se tomó lo que quedaba de un trago. Aquello no me gustó nada.
La dueña de casa salió muy asustada de adentro.
-Ahí vienen otra vez! Adentro, vengan adentro por favor!
-Pero quiénes? Qué pasa?
Y a lo lejos por la calle de tierra, veía un montón de niños corriendo, tropezándose y cayendo: los venía persiguiendo un malón de indios con grandes antorchas.
-Sólo son indios. Por qué persiguen a esos niños?
-Porque son ladrones. -de repente me miró a la cara muy fijamente y gritando me agarró la mano diciendo:
-Por favor hija, corré para adentro! Vos sos blanca, y si te ven te van a matar.
-Y entonces si es así.. al chico del kiosco lo van a matar! -me sacudía como loca para soltarme y poder salir afuera
-NO NO! A él no le van a hacer nada. Nadie lo sabe, pero en realidad él es un vikingo. Sabe defenderse.
Y me empujó para que fuera a esconderme adentro.
Más tarde cuando pasó todo, volví a salir afuera a hablar con los perritos.
-Hoy me tengo que ir..
Mientras la sostenía en mis manos, la perrita me miró triste y a la vez dulce con esos enormes ojos miel.
-Te pregunto algo. Por qué ella es así? Cual es su problema? Y ustedes como aprendieron a hablar y saber tantas cosas? -le cuestioné señalándola con los ojos a la bebé.
Adoptó un gesto de decepción que casi me parte el alma.
-Entonces.. todavía no lo sabés?
No le respondí nada, la dejé en la canasta y me fui a despedirme de la dueña de casa. Tenía a su hija en brazos y le sonreí por última vez.
La señora me miró a los ojos y reparé en que era la primera vez que yo la miraba a la cara. Tenía tenues rasgos indígenas, se veía fatigada, pero tenía una expresión cordial y sus ojos pardos indicaban que ese alma era un pozo de sabiduría.
Me acarició la cara, me sonrió y dijo algo en una lengua extraña que yo parecía entender..
Vi bastantes personas con un montón de paquetes y fardos en la calle. Se iban a tomar el colectivo también, al parecer.
Fue muy raro, pero el colectivo entró por la calle de tierra.
-Buenas tardes -dijo el chofer- entré por acá para que suban lo más rápido posible. Mejor que nos apuremos porque en la ruta no nos puede agarrar la noche hoy.. se puede cruzar algo peligroso -de repente me miró fijo y muy extraño.
Mientras subía las escaleras del cole, dudando un momento, tiré la última mirada al pueblo preguntándome por qué vine hasta acá...
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